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This is Oscar Wilde's tale of the American family moved into a British mansion, Canterville …

Un fantasma vencido por la risa y la compasión

Al leer El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde, encontré una historia breve que parece ligera, pero que esconde una reflexión elegante sobre el miedo, la modernidad y la necesidad de perdón. La narración comienza cuando la familia Otis, procedente de Estados Unidos, compra la antigua mansión de Canterville Chase, a pesar de las advertencias sobre la presencia de un fantasma. Sir Simon de Canterville, espectro de un noble que asesinó a su esposa siglos atrás, espera asustar a los nuevos habitantes como lo hizo con generaciones anteriores.

Sin embargo, la familia Otis no reacciona con terror, sino con una seguridad práctica y casi cómica. El señor Otis ofrece aceite para las cadenas del fantasma; los niños le hacen bromas; y las manchas de sangre, tan importantes para la tradición sobrenatural de la casa, son tratadas como simples molestias domésticas. Esa inversión me divirtió mucho, porque Wilde ridiculiza tanto el orgullo aristocrático como la fe excesiva en el progreso material.

A medida que avanzaba la lectura, mi risa se transformó en una emoción más suave. Sir Simon deja de parecer solo una figura grotesca y se vuelve un ser cansado, atrapado en su culpa y en su propia leyenda. Virginia, la hija de los Otis, es la única que lo mira con verdadera piedad. Su encuentro con él introduce una dimensión moral inesperada: el fantasma no necesita provocar miedo, sino recibir comprensión para poder descansar.

Para mí, esta obra combina sátira y ternura con una precisión admirable. Wilde crea un contraste entre el viejo mundo europeo, lleno de ceremonias y sombras, y la mentalidad americana, práctica y directa. Pero al final no triunfa la burla, sino la misericordia. Cerré el relato con una sonrisa melancólica. Sentí que El fantasma de Canterville enseña que incluso una historia divertida puede hablar de culpa, soledad y redención, sin perder gracia ni inteligencia.